Cualquiera que haya convivido con un gato sabe que subir a un árbol suele ser cuestión de segundos. Lo complicado viene después.
No es raro escuchar historias de gatos que ascienden con una facilidad sorprendente y, horas más tarde, permanecen en una rama maullando sin encontrar la forma de regresar al suelo.
Aunque parezca una contradicción para un animal tan ágil, tiene una explicación relacionada con la anatomía de sus garras y con la forma en la que evolucionaron.
Las garras están diseñadas para subir
Las garras de un gato funcionan como auténticos ganchos.
Cuando trepan por un tronco, las clavan fácilmente en la corteza mientras impulsan el cuerpo hacia arriba con las patas traseras.
Este movimiento resulta muy eficiente porque las uñas curvadas ofrecen un excelente agarre cuando avanzan en sentido ascendente.
Por eso un gato puede subir casi sin esfuerzo incluso por superficies bastante verticales.
El problema aparece al intentar bajar de frente
Cuando llega el momento de descender, la situación cambia por completo.
Si el gato intentara bajar mirando hacia abajo, las garras dejarían de engancharse con la misma eficacia, ya que están orientadas para soportar el esfuerzo en sentido contrario.
Esto dificulta mantener un buen agarre y aumenta el riesgo de resbalar.
Por esa razón, muchos gatos prefieren descender marcha atrás cuando el tronco no es demasiado alto.
No todos los árboles son iguales
El tipo de árbol también influye.
Los troncos rugosos ofrecen muchos más puntos de apoyo que aquellos con la corteza lisa.
Además, las ramas finas, húmedas o muy inclinadas pueden complicar todavía más el descenso.
En ocasiones el gato llega a una zona desde la que ya no encuentra un camino que le resulte suficientemente seguro para bajar.
A veces el miedo juega un papel importante
Los gatos suelen ser animales muy seguros de sí mismos… hasta que dejan de serlo.
Un ruido inesperado, la presencia de un perro o simplemente descubrir que están mucho más altos de lo que imaginaban puede hacer que se bloqueen.
Cuando sienten inseguridad, muchos prefieren quedarse completamente quietos antes que arriesgarse a un descenso que consideran peligroso.
Desde abajo puede parecer que no saben bajar, cuando en realidad están dudando sobre cuál es la mejor forma de hacerlo.
Los gatos jóvenes suelen calcular peor
Los cachorros y los gatos con poca experiencia todavía están aprendiendo a evaluar distancias y superficies.
En ocasiones ascienden impulsados por la curiosidad o persiguiendo un pájaro sin pensar demasiado en cómo regresarán después.
Con la experiencia, la mayoría mejora notablemente su capacidad para calcular los riesgos.
¿Siempre necesitan ayuda?
No necesariamente.
En muchas ocasiones, un gato que permanece varias horas en un árbol termina bajando por sí solo cuando recupera la calma y encuentra una ruta segura.
Sin embargo, si permanece atrapado durante mucho tiempo, muestra signos de agotamiento o se encuentra en un lugar peligroso, puede ser necesario pedir ayuda a profesionales especializados en rescates de animales.
Intentar bajarlo por la fuerza o subir al árbol sin experiencia puede aumentar el riesgo tanto para el gato como para la persona.
¿Cómo evitar que ocurra?
Si tu gato tiene acceso al exterior, es imposible eliminar completamente este tipo de situaciones.
Aun así, algunas medidas pueden reducir el riesgo:
- Supervisar las primeras salidas al jardín.
- Evitar que acceda a árboles muy altos si todavía es joven.
- Mantenerlo identificado con microchip.
- Procurar que las salidas sean en entornos seguros.
En el caso de los gatos que viven exclusivamente dentro de casa, los rascadores altos y las estructuras para trepar permiten satisfacer esa necesidad de escalar sin asumir los riesgos del exterior.
¿Los gatos siempre caen de pie?
Existe la creencia de que un gato puede salir ileso de cualquier caída, pero no es así.
Aunque poseen un extraordinario reflejo de enderezamiento que les ayuda a orientarse durante muchas caídas, eso no significa que sean inmunes a las lesiones.
Una caída desde un árbol puede provocar fracturas u otras lesiones importantes, especialmente si el aterrizaje no es favorable.
Por eso nunca conviene confiar en que «ya bajará de cualquier manera».
Conclusión
Los gatos tienen dificultades para bajar de los árboles porque sus garras están diseñadas para facilitar el ascenso, no el descenso. A esto se suman factores como la altura, el tipo de corteza, la experiencia del animal y, en muchas ocasiones, el miedo.
La mayoría acaba encontrando la forma de bajar por sí sola, pero algunos necesitan más tiempo para recuperar la confianza o encontrar una ruta segura.
Y quizá esa sea una de las mejores demostraciones de la personalidad felina: subir a cualquier sitio parece una idea fantástica… hasta que llega el momento de pensar cómo volver.