Cómo presentar a un gato nuevo en casa sin que haya peleas

Traer un gato nuevo a casa debería ser uno de esos momentos bonitos: transportín en el suelo, toda la familia emocionada y el nuevo miembro descubriendo su hogar.

Entonces aparece el gato residente.

Se miran.

Uno bufa.

El otro se pone como un cepillo para limpiar botellas.

Y tú empiezas a preguntarte si adoptar otro gato ha sido la peor idea de tu vida.

La buena noticia es que esa primera reacción no significa que vayan a llevarse mal. El problema suele aparecer cuando intentamos que dos gatos que no se conocen acepten, de repente, compartir territorio, recursos y humanos como si nada hubiera cambiado.

Presentar un gato nuevo a un gato residente requiere tiempo y, sobre todo, hacerlo por etapas. No podemos obligarlos a hacerse amigos, pero sí podemos conseguir que el primer contacto sea mucho menos estresante y darles las condiciones adecuadas para que aprendan a convivir.

¿Por qué no conviene juntar a los dos gatos directamente?

Para nosotros, el recién llegado es el nuevo miembro de la familia. Para el gato que ya vivía allí, inicialmente puede ser simplemente un desconocido que ha aparecido en su territorio.

Y además huele raro.

Los gatos utilizan muchísimo el olfato para obtener información sobre su entorno y sobre otros animales. Por eso soltar al nuevo en medio del salón y esperar que ambos «se conozcan» puede resultar demasiado intenso.

Incluso un gato que anteriormente haya convivido perfectamente con otros puede reaccionar con miedo, tensión, bufidos o intentos de mantener las distancias.

Tampoco ayuda colocar los transportines frente a frente para que se huelan durante un rato. El gato que está dentro no tiene posibilidad de alejarse si se siente amenazado.

La presentación funciona mejor cuando ambos pueden acostumbrarse progresivamente a la presencia del otro sin verse obligados a interactuar.

El gato nuevo necesita primero una habitación propia

Antes de que llegue el nuevo gato, conviene preparar una habitación que pueda utilizar como espacio seguro durante los primeros días.

No tiene que ser enorme ni convertirse para siempre en «la habitación del gato». Un dormitorio, un despacho o cualquier estancia tranquila puede servir.

Dentro necesitará sus recursos básicos: agua, comida, arenero, escondites, lugares cómodos donde descansar, rascador y, si es posible, algún punto elevado.

El objetivo es doble.

Por una parte, el recién llegado puede recuperarse del estrés del traslado y empezar a familiarizarse con su nuevo entorno sin tener que enfrentarse inmediatamente a otro gato.

Por otra, el residente conserva el resto de la casa y puede empezar a descubrir que detrás de aquella misteriosa puerta vive alguien.

Durante esta primera etapa, los gatos permanecen separados.

Nada de «los junto cinco minutos a ver qué pasa».

Todavía no.

Además, si desconocemos el estado sanitario del recién llegado, esta separación inicial permite evitar el contacto directo mientras se realiza la valoración veterinaria que corresponda antes de integrarlo con otros gatos de la casa.

El olor debe llegar antes que el gato

Antes de verse, podemos permitir que empiecen a conocerse mediante el olfato.

Una forma sencilla consiste en intercambiar objetos que hayan estado en contacto con cada gato, como mantas o pequeñas camas. También podemos intercambiar temporalmente algunos espacios cuando ambos estén tranquilos, dejando que uno explore una zona utilizada por el otro sin encontrárselo directamente.

La intención no es ponerles algo bajo la nariz y obligarlos a olerlo. Basta con dejar el objeto en el entorno y permitir que cada gato decida si quiere acercarse.

Puede que lo huela durante varios segundos.

Puede que pase por delante como si aquello no tuviera el menor interés.

Las dos respuestas son válidas.

Lo que buscamos es que el olor del otro vaya convirtiéndose poco a poco en una parte normal de la casa.

Asociar la presencia del otro con cosas agradables

Aquí podemos aprovechar una de las grandes motivaciones felinas: la comida.

Cuando los dos gatos ya están algo más tranquilos con la situación, podemos ofrecerles comida a cada lado de la puerta cerrada. No es necesario empezar colocando los platos pegados a ella.

De hecho, si alguno está tan pendiente del otro que no quiere comer, probablemente necesitemos aumentar la distancia.

La idea es que puedan realizar una actividad agradable mientras perciben indirectamente la presencia del otro.

Conforme se muestran relajados, podemos ir acercando gradualmente los platos.

También podemos utilizar juegos o pequeños premios si funcionan mejor con nuestros gatos.

No estamos intentando sobornarlos para que se quieran. Lo que hacemos es crear experiencias tranquilas y positivas alrededor de la presencia del nuevo compañero.

Cuándo dejar que los gatos se vean por primera vez

Cuando ambos toleran bien los olores y pueden estar tranquilos cerca de la puerta, podemos avanzar hacia el contacto visual.

Pero todavía con una barrera entre ellos.

Una puerta de malla, una barrera segura o cualquier sistema que permita verse sin acceder físicamente al otro puede facilitar esta etapa. Hay que asegurarse de que ninguno pueda saltarla, atravesarla o quedarse atrapado.

Las primeras sesiones deberían ser breves y producirse en un ambiente tranquilo.

Aquí tenemos que observar el lenguaje corporal.

Un gato relajado puede mirar al otro y después dirigir su atención hacia cualquier otra cosa. Puede acercarse, retirarse, comer, jugar o simplemente continuar con su vida.

En cambio, una mirada fija prolongada, el cuerpo muy tenso, las orejas hacia atrás, gruñidos persistentes o intentos continuos de lanzarse contra la barrera indican que todavía hay demasiada tensión.

No significa que la presentación haya fracasado.

Significa que aún no toca pasar al siguiente nivel.

Los bufidos no significan necesariamente que todo vaya mal

Este punto tranquiliza bastante cuando estamos presentando un gato nuevo a un gato residente.

Un bufido impresiona. Sobre todo cuando llevamos diez minutos observándolos esperando una preciosa amistad y uno recibe al otro como si acabara de descubrir al mismísimo demonio en su salón.

Pero bufar es una forma de comunicación.

Puede servir para expresar miedo, incomodidad o pedir distancia. Un bufido aislado no equivale automáticamente a una pelea ni demuestra que los gatos jamás podrán convivir.

Lo que debemos observar es el conjunto de la interacción.

No es lo mismo bufar y alejarse que perseguir repetidamente al otro, bloquearle el paso o iniciar una agresión física.

Nuestro objetivo tampoco debería ser conseguir que nunca exista ninguna señal de desacuerdo. Dos gatos que conviven pueden marcarse límites.

Lo importante es que puedan hacerlo sin vivir en un estado constante de tensión.

El primer encuentro sin barreras

Cuando los encuentros visuales son tranquilos, podemos probar sesiones cortas compartiendo el mismo espacio.

Conviene elegir una habitación con espacio suficiente y diferentes posibilidades para alejarse. Evita encerrarlos en un lugar pequeño donde alguno pueda sentirse acorralado.

También es importante que existan vías de escape y lugares elevados.

Y nosotros podemos estar presentes sin convertirnos en árbitros obsesionados con cada movimiento.

Si ambos se ignoran, estupendo.

De hecho, que dos gatos recién presentados estén en la misma habitación y cada uno se dedique tranquilamente a sus asuntos puede ser una señal muchísimo mejor que intentar conseguir que se huelan nariz con nariz.

No necesitan acercarse.

No necesitan jugar.

Y desde luego no necesitan dormir abrazados el primer día.

Déjales elegir la distancia.

Qué hacer si intentan pelearse

Si la tensión aumenta hasta convertirse en una pelea real, no metas las manos entre los gatos.

En pleno conflicto pueden arañar o morder accidentalmente a la persona que intenta separarlos. Lo prioritario es interrumpir la situación de manera segura, crear distancia entre ambos y volver a separarlos.

Después toca revisar la presentación.

Una pelea no se arregla obligándolos a pasar más tiempo juntos «hasta que se acostumbren». Si hemos avanzado demasiado rápido, lo sensato es regresar a una fase anterior en la que ambos estuvieran tranquilos.

Puede resultar frustrante porque sentimos que estamos retrocediendo, pero en realidad estamos ajustando el proceso a los gatos que tenemos delante.

El calendario lo marcan ellos.

No castigues a un gato por bufar o gruñir

Reñir, gritar o castigar a cualquiera de los dos por reaccionar ante el otro puede empeorar la situación.

Si el gato ya está incómodo y, además, cada vez que aparece su nuevo compañero sucede algo desagradable, difícilmente estaremos construyendo una asociación positiva.

Tampoco debemos cogerlo en brazos para acercarlo al otro.

Un gato asustado necesita poder aumentar la distancia. Sujetarlo elimina precisamente esa posibilidad y puede hacer que se sienta atrapado.

La paciencia resulta bastante menos espectacular que intervenir constantemente, pero suele ser mucho más útil.

En una casa con varios gatos, los recursos importan muchísimo

Superada la presentación inicial, queda otro asunto fundamental: organizar la casa para que compartirla no signifique competir continuamente.

Cada gato debe tener acceso cómodo a recursos importantes como agua, comida, zonas de descanso, rascadores y areneros.

Y aquí importa tanto la cantidad como la distribución.

Dos cuencos de agua colocados uno junto al otro siguen estando prácticamente en el mismo punto. Si un gato controla esa zona, puede dificultar el acceso del otro a ambos.

Con los areneros ocurre algo parecido. Como orientación general, suele recomendarse disponer de un arenero por gato más uno adicional, distribuidos en diferentes lugares de la casa siempre que el espacio lo permita.

Mantenerlos limpios también es especialmente importante. Los gatos pueden ser bastante exigentes con su bandeja, y una buena higiene favorece que el arenero resulte cómodo de utilizar.

Si alguno de los gatos empieza a evitar su bandeja después de la llegada del nuevo compañero, puedes consultar nuestro artículo sobre por qué un gato deja de usar el arenero de repente, ya que la competencia por los recursos es solo una de las posibles causas.

La casa debe permitir que un gato coma, beba, descanse o vaya al baño sin tener que negociar constantemente con el otro.

Las alturas ayudan más de lo que parece

Cuando pensamos en el espacio disponible solemos contar metros cuadrados. Los gatos también cuentan hacia arriba.

Estanterías accesibles, árboles para gatos, muebles y otras superficies elevadas aumentan el territorio aprovechable y permiten que los animales se distribuyan mejor.

Esto resulta especialmente interesante en pisos pequeños.

Si necesitas crear más espacio vertical en casa, puedes consultar nuestra selección de los mejores árboles rascadores para gatos, especialmente útil para comparar estructuras de diferentes tamaños y alturas.

Un gato puede querer estar en el salón con nosotros sin querer estar a medio metro de su compañero. Si dispone de diferentes alturas y lugares de descanso, tiene muchas más opciones para elegir dónde colocarse.

También conviene evitar zonas donde un gato pueda bloquear fácilmente al otro, especialmente alrededor de recursos importantes.

La posibilidad de alejarse reduce la necesidad de enfrentarse.

¿Cuánto tarda un gato en aceptar a otro?

No existe un número de días válido para todos.

Algunos gatos avanzan rápidamente y otros necesitan semanas para tolerar tranquilamente la presencia del recién llegado. La edad, las experiencias anteriores, el temperamento, el entorno y la forma en que realizamos la presentación influyen en el proceso.

Por eso avanzar siguiendo un calendario rígido suele tener poco sentido.

En lugar de pensar «ya llevan tres días separados, mañana los junto», es mejor preguntarse: «¿Están tranquilos en esta fase?».

Si la respuesta es sí, podemos probar el siguiente paso.

Si todavía encontramos mucha tensión, continuamos donde estamos.

Ir despacio al principio puede parecer pesado, especialmente cuando llevamos varios días organizando turnos para abrir y cerrar puertas. Pero suele ser bastante más sencillo que intentar reparar una relación que empezó con persecuciones y peleas.

Tampoco tienen que convertirse en mejores amigos

A veces ponemos unas expectativas enormes sobre nuestros gatos.

Imaginamos al nuevo y al residente durmiendo juntos, acicalándose mutuamente y compartiendo una cama diminuta mientras nosotros hacemos cuarenta fotografías.

Puede ocurrir.

Pero no tiene por qué.

Una convivencia satisfactoria también puede consistir en dos gatos que comparten casa tranquilamente, utilizan sus propios lugares de descanso y no sienten ninguna necesidad especial de estar juntos.

La tolerancia pacífica ya es un buen resultado.

Lo preocupante sería observar tensión mantenida: persecuciones frecuentes, peleas, bloqueo de recursos, un gato que vive escondido, cambios en el apetito, eliminación fuera del arenero o cualquier modificación importante del comportamiento.

En esos casos conviene consultar con un veterinario para descartar problemas médicos y, cuando sea necesario, buscar ayuda profesional especializada en comportamiento felino.

Importante: Este artículo tiene únicamente fines informativos y no sustituye la valoración de un veterinario o de un profesional cualificado en comportamiento felino. Si alguno de los gatos presenta cambios importantes de comportamiento, deja de comer, tiene problemas con el arenero o la convivencia genera un estado de tensión mantenido, consulta con un profesional.

Para presentar un gato nuevo, las prisas son el peor atajo

La mejor presentación suele ser precisamente aquella en la que durante los primeros días parece que no está pasando gran cosa.

Primero separados. Después olores. Más adelante contacto visual. Finalmente, encuentros controlados y una convivencia cada vez más libre cuando ambos estén preparados.

Puede llevar tiempo y seguramente habrá algún bufido por el camino.

No pasa nada.

Presentar un gato nuevo a un gato residente no consiste en conseguir que se quieran inmediatamente, sino en permitir que ambos descubran poco a poco que ese desconocido que ha aparecido en casa no representa una amenaza.

Y quizá algún día terminen durmiendo juntos en el sofá.

O quizá cada uno elija una punta distinta y se dediquen a ignorarse durante años con exquisita educación felina.

Sinceramente, eso también es llevarse bastante bien.

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