Señales de que tu gato está estresado y no lo sabes

Hay gatos que cuando algo les molesta dejan bastante clara su opinión. Bufido, orejas hacia atrás y retirada estratégica debajo de la cama. Mensaje recibido.

El problema es que el estrés en los gatos no siempre resulta tan evidente.

A veces seguimos viendo a nuestro gato comer, dormir y pasearse por casa con aparente normalidad mientras aparecen pequeños cambios que no relacionamos con el estrés. Empieza a esconderse un poco más, deja de dormir en aquel sitio que le encantaba, se lame constantemente una zona del cuerpo o de repente parece tener menos paciencia con nosotros.

Y como los gatos no pueden decirnos que el nuevo perro del vecino, unas obras o simplemente un cambio en la ubicación del arenero les está alterando la vida, toca aprender a observar.

Conocer las principales señales de estrés en gatos puede ayudarnos a detectar el problema antes de que ese malestar termine afectando seriamente a su comportamiento y bienestar.

Importante: Este artículo tiene únicamente fines informativos y no sustituye la valoración de un veterinario. Muchos cambios de comportamiento que pueden aparecer durante situaciones de estrés también pueden estar relacionados con dolor o enfermedad. Si el cambio es repentino, intenso, persistente o aparece acompañado de síntomas físicos, consulta con un profesional veterinario.

¿Por qué se estresan los gatos?

Para entender el estrés felino hay que recordar algo bastante importante: los gatos necesitan sentir cierto control sobre su entorno.

Les gusta saber dónde pueden esconderse, dónde encontrarán sus recursos, qué caminos pueden utilizar para moverse y qué suele ocurrir a lo largo del día.

Eso no significa que necesiten una vida completamente idéntica de lunes a domingo. Pero determinados cambios pueden resultarles difíciles de gestionar, especialmente cuando son repentinos o no tienen posibilidad de alejarse de aquello que les incomoda.

La llegada de otro animal, una mudanza, visitas, ruidos intensos, cambios de rutina o conflictos entre gatos pueden convertirse en fuentes de estrés.

Y hay otras causas muchísimo menos espectaculares.

Un arenero colocado en un lugar incómodo, no disponer de suficientes escondites, compartir recursos con otro gato con el que existe tensión o recibir constantemente interacciones que no desea también pueden influir.

Cada gato, además, tiene su propio nivel de tolerancia. Lo que uno inspecciona durante treinta segundos y después ignora puede conseguir que otro pase dos días escondido.

Se esconde mucho más de lo habitual

Esconderse forma parte del comportamiento normal de un gato.

De hecho, disponer de refugios donde pueda retirarse cuando quiera es importante para que se sienta seguro. El problema no es encontrarlo durmiendo tranquilamente dentro de una caja.

Lo que debería llamar nuestra atención es un cambio en la frecuencia o en el contexto.

Si antes pasaba buena parte de la tarde con la familia y ahora permanece durante horas debajo de la cama, sale únicamente cuando la casa está tranquila o desaparece cada vez que ocurre determinada situación, merece la pena preguntarnos qué ha cambiado.

Esconderse permite al gato aumentar la distancia respecto a aquello que percibe como desagradable o amenazante.

Por eso, si utiliza un escondite, no conviene sacarlo a la fuerza para demostrarle que «no pasa nada». Desde su punto de vista probablemente sí esté pasando algo.

Su cuerpo puede estar diciendo que quiere desaparecer

El lenguaje corporal proporciona algunas de las señales de estrés en gatos más interesantes, pero hay que observarlo en conjunto.

Un gato incómodo puede mantener el cuerpo agachado y tenso, pegar la cola al cuerpo, colocar las orejas hacia los lados o hacia atrás y abrir mucho los ojos. Las pupilas pueden dilatarse en situaciones de miedo o elevada activación, aunque su tamaño también cambia por la iluminación y otros factores.

En momentos de miedo intenso puede erizar el pelo e intentar parecer más grande.

Sin embargo, no todos los gatos estresados adoptan una postura espectacular.

A veces hacen justo lo contrario: intentan pasar desapercibidos.

Por eso es mucho más útil observar el cuerpo completo y el contexto que intentar traducir cada movimiento de oreja como si estuviéramos consultando un diccionario gato-humano.

Se lame demasiado

El acicalamiento es completamente normal. Los gatos dedican bastante tiempo a cuidar su pelaje.

Pero puede convertirse en una señal de alarma cuando aumenta de manera exagerada.

Algunos gatos se acicalan excesivamente ante situaciones de estrés y pueden terminar provocándose zonas con pelo roto o pérdida de pelo. En casos importantes incluso pueden aparecer lesiones en la piel.

Aquí hay una precaución fundamental: no debemos asumir automáticamente que el exceso de lamido es psicológico.

Picor, dolor, parásitos, alergias y otros problemas médicos también pueden provocar lamido excesivo. Si aparecen calvas, irritación o un cambio persistente en el acicalamiento, primero necesitamos una valoración veterinaria.

Después, si se descartan causas físicas, tendrá sentido investigar posibles factores ambientales o emocionales.

También puede dejar de acicalarse

El cambio contrario tampoco debería pasar desapercibido.

Un gato que se encuentra incómodo, enfermo o dolorido puede dedicar menos tiempo al cuidado de su pelaje.

Entonces empezamos a notar un aspecto más descuidado, pelo apelmazado o pequeños nudos, especialmente en animales de pelo largo.

De nuevo, no podemos concluir simplemente que «está estresado».

El deterioro del pelaje puede aparecer asociado a diferentes problemas médicos. En gatos mayores, por ejemplo, algunas enfermedades producen cansancio y malestar que reducen el acicalamiento. La enfermedad renal crónica puede acompañarse de menor actividad y un pelaje más descuidado, además de otros síntomas como aumento de la sed, cambios en la micción, pérdida de apetito o adelgazamiento.

Cuando cambia una conducta tan habitual como asearse, merece la pena buscar la causa.

Empieza a hacer pis fuera del arenero

Este es uno de esos momentos en los que nuestra convivencia entra en crisis rápidamente.

Encuentras pis sobre la cama, el sofá o una alfombra y el primer pensamiento puede ser: «¿Pero qué le he hecho yo?».

Probablemente nada.

Los gatos no deberían ser interpretados como vengativos cuando eliminan fuera del arenero. Un cambio de este tipo puede estar relacionado con problemas del propio arenero, conflictos ambientales, estrés o enfermedades.

Por eso nunca debemos castigarlos.

Si un gato que utilizaba correctamente su bandeja empieza a orinar fuera, lo primero es descartar una causa médica con el veterinario, especialmente cuando el cambio aparece de forma repentina.

Si este es el cambio que has observado, puedes consultar nuestro artículo sobre por qué un gato deja de usar el arenero de repente, donde repasamos tanto las posibles causas médicas como los problemas relacionados con la propia bandeja y el entorno.

Después podemos revisar el entorno.

¿Está suficientemente limpio? ¿Hemos cambiado de arena? ¿Lo hemos movido de sitio? ¿Hay otro gato que pueda dificultar el acceso? ¿Está junto a un electrodoméstico ruidoso? ¿Tiene una vía de salida cómoda?

La higiene también importa: mantener el arenero en buenas condiciones ayuda a proporcionar al gato un lugar más agradable para utilizarlo.

Marcaje con orina y hacer pis fuera no son exactamente lo mismo

Aunque solemos meter ambas cosas en el mismo saco, conviene diferenciarlas.

En el marcaje con orina, el gato suele depositar una pequeña cantidad sobre superficies, frecuentemente verticales, como parte de una conducta de comunicación mediante olor. Los cambios territoriales y los conflictos sociales pueden influir en este comportamiento.

Orinar normalmente fuera de la bandeja puede presentar un patrón diferente y tener otras causas.

Si tienes dudas sobre cuál de las dos conductas estás observando, puedes consultar nuestro artículo sobre por qué los gatos marcan el territorio orinando fuera del arenero, donde explicamos cómo reconocer el marcaje y qué factores pueden favorecerlo.

En ambos casos merece la pena investigar qué sucede en lugar de limitarse a limpiar la zona y esperar que desaparezca.

Y jamás debemos regañar al gato restregándole el hocico, gritándole o llevándolo a la fuerza hasta el arenero. Además de no resolver la causa, podemos añadir todavía más tensión a la situación.

Come menos o cambia su relación con la comida

El estrés puede modificar el apetito.

Un gato asustado puede no sentirse suficientemente seguro para acercarse al plato, especialmente si debe atravesar una zona donde se encuentra otro animal que le incomoda.

En hogares con varios gatos esto merece especial atención.

Nosotros podemos pensar que los dos comen juntos perfectamente porque hemos colocado dos platos. Sin embargo, uno puede terminar comiendo deprisa, esperando a que el otro se marche o evitando determinadas horas.

Pero perder el apetito también puede ser consecuencia de una enfermedad.

Por eso, si un gato deja de comer o reduce notablemente su ingesta, no debemos quedarnos con la explicación de «serán los nervios». Especialmente si el cambio persiste o aparecen otros síntomas, necesita valoración veterinaria.

Se vuelve más irritable

Quizá tu gato siempre haya tolerado que le acaricies el lomo y últimamente se gira rápidamente, intenta marcharse o incluso lanza un manotazo.

O empieza a reaccionar mal cuando otro gato se aproxima.

Los cambios de tolerancia al contacto pueden aparecer cuando existe tensión, pero también cuando algo duele.

Este último punto es importantísimo.

Un gato que de repente no quiere que toquemos una determinada zona puede estar intentando evitar una molestia física. No conviene etiquetarlo como «malhumorado» sin más.

La agresividad o irritabilidad de aparición reciente merece atención, especialmente cuando no encontramos una explicación evidente.

Está mucho más pendiente de todo

Un gato relajado puede tumbarse en mitad del salón y dormir mientras nosotros hacemos nuestra vida.

Uno que no se siente seguro puede tener dificultades para desconectar.

Puede reaccionar ante cualquier ruido, vigilar continuamente una puerta, sobresaltarse fácilmente o permanecer pendiente de los movimientos de otro animal de la casa.

Esa vigilancia constante puede pasar desapercibida porque el gato aparentemente «no está haciendo nada».

Pero estar quieto no siempre significa estar relajado.

Mira su cuerpo.

Un gato descansando cómodamente y otro inmóvil porque está pendiente de una posible amenaza pueden parecer similares desde lejos, pero su postura y atención cuentan historias muy diferentes.

Pierde interés por jugar y explorar

El juego y la exploración son comportamientos importantes para muchos gatos.

Cuando un animal que perseguía juguetes, investigaba cajas o corría a inspeccionar cualquier bolsa nueva deja de mostrar interés, tenemos otra pista de que algo puede estar ocurriendo.

No significa automáticamente estrés.

La edad, el dolor y distintas enfermedades también pueden reducir la actividad. Lo relevante vuelve a ser el cambio respecto a su comportamiento habitual.

Si siempre ha sido bastante tranquilo, probablemente no tengamos un problema porque ignore una pelota.

Si ayer perseguía cualquier cosa que se moviera y ahora lleva varios días sin querer levantarse, la historia es diferente.

Puede dormir más, pero cuidado con confundir estrés y enfermedad

Un gato estresado puede modificar sus patrones de descanso. Quizá permanezca más tiempo escondido o reduzca su actividad.

Pero dormir mucho, por sí solo, no demuestra estrés. Los gatos adultos pueden pasar una parte considerable del día descansando.

Si lo que te preocupa es la cantidad de tiempo que pasa descansando, puedes consultar nuestro artículo sobre por qué los gatos duermen más de 12 horas, donde explicamos qué cantidad de sueño puede ser normal y cómo distinguirla de una disminución anormal de la actividad.

Lo importante es cómo se comportan cuando están despiertos.

Si el aumento del sueño viene acompañado de apatía, debilidad, pérdida de apetito, vómitos, adelgazamiento, cambios en el consumo de agua o cualquier otro síntoma físico, debemos pensar primero en la posibilidad de un problema médico.

En gatos mayores esto resulta especialmente importante porque es fácil atribuir cualquier disminución de actividad a la edad.

Los conflictos entre gatos pueden ser muy silenciosos

Cuando pensamos en dos gatos que no se llevan bien imaginamos persecuciones, bufidos y peleas dignas de película.

Pero los conflictos no siempre hacen ruido.

Un gato puede bloquear discretamente el acceso a un pasillo, quedarse sentado cerca del arenero o vigilar el camino hacia la comida. El otro empieza entonces a modificar sus movimientos para evitarlo.

Quizá deja de entrar en una habitación.

Espera para comer.

Utiliza menos un arenero.

Pasa más tiempo en una zona concreta de la casa.

Y nosotros pensamos que simplemente ha cambiado de costumbres.

En hogares con varios gatos merece la pena observar no solo si existen peleas, sino también quién utiliza cada espacio y si todos pueden acceder tranquilamente a los recursos.

Distribuir agua, comida, areneros, rascadores, escondites y zonas de descanso en diferentes lugares puede evitar que un único gato controle el acceso a todo.

Cambios que para nosotros son pequeños pueden ser enormes para ellos

A veces buscamos un acontecimiento dramático para explicar el estrés y no lo encontramos.

Pero piensa en la casa desde el punto de vista del gato.

Hemos movido su arenero porque estorbaba. Ha llegado un bebé. Estamos haciendo obras. Cambiamos todos los muebles del salón. Ha aparecido un gato nuevo. Hay invitados durante una semana. Hemos sustituido su arena habitual por otra perfumada.

Para nosotros son cosas normales de la vida.

Para un animal que obtiene seguridad de un entorno conocido pueden representar cambios importantes.

Eso no significa que tengamos que vivir congelados en el tiempo para no molestar al señor gato.

Simplemente podemos introducir determinados cambios gradualmente cuando sea posible y asegurarnos de que conserva lugares seguros y recursos accesibles.

Si el cambio consiste en la llegada de otro gato, una introducción gradual puede reducir considerablemente la tensión inicial. En nuestra guía sobre cómo presentar a un gato nuevo en casa sin que haya peleas explicamos el proceso paso a paso.

¿Cómo ayudar a un gato estresado?

Lo primero es intentar identificar la causa.

No sirve de demasiado comprar cinco juguetes nuevos si el verdadero problema es que el gato tiene miedo de atravesar el pasillo porque allí lo espera su compañero felino.

Conviene revisar su entorno: dónde come, bebe y duerme; cómo accede al arenero; si dispone de escondites; si puede subir a lugares elevados; cómo son sus interacciones con personas y otros animales y qué ha cambiado recientemente.

También debemos respetar su capacidad de elegir.

Si se aleja durante una caricia, dejamos que se marche. Si está escondido, no lo sacamos a la fuerza. Si necesita distancia respecto a otro gato, se la proporcionamos.

El juego adaptado a sus preferencias, las oportunidades para explorar y trepar, los rascadores, los escondites y unas rutinas razonablemente predecibles pueden contribuir a crear un entorno más adecuado.

En determinadas situaciones también pueden utilizarse feromonas felinas sintéticas como complemento de estas medidas ambientales. Si estás valorando esta opción, puedes consultar nuestro artículo sobre sprays y difusores de feromonas para gatos, donde explicamos para qué sirven, sus limitaciones y las diferencias entre ambos formatos.

En casas con varios gatos, además, disponer de recursos suficientes y bien distribuidos resulta fundamental.

Cuándo deberías consultar con el veterinario

Aquí merece la pena ser prudentes porque muchas señales de estrés en gatos también pueden aparecer cuando existe una enfermedad o dolor.

Consulta especialmente cuando el cambio sea repentino, intenso, persistente o venga acompañado de síntomas físicos.

Una pérdida importante de apetito, vómitos repetidos, dificultades para orinar, cambios marcados en la cantidad de agua que bebe, pérdida de peso, debilidad, dolor aparente o una alteración notable del comportamiento no deberían explicarse simplemente como estrés.

Y si un gato intenta orinar repetidamente pero produce muy poca orina o ninguna, especialmente si parece dolorido o angustiado, necesita atención veterinaria urgente.

Cuando se han descartado problemas médicos y el estrés continúa, un profesional especializado en comportamiento felino puede ayudar a identificar desencadenantes que resultan difíciles de detectar desde dentro de nuestra propia rutina.

Conocer a tu gato es la mejor señal de alarma

No existe una única postura, un maullido concreto o una prueba casera que nos diga que un gato está estresado.

Lo que tenemos son cambios.

El gato que antes dormía en el sofá y ahora se esconde. El que siempre utilizaba el arenero y empieza a evitarlo. El que disfrutaba jugando y pierde el interés. El que convivía tranquilamente con otro gato y comienza a vigilar cada uno de sus movimientos.

Por eso conocer las costumbres normales de nuestro gato resulta tan útil.

Las señales de estrés en gatos pueden ser discretas precisamente porque muchos felinos no expresan el malestar de una manera que nosotros reconozcamos inmediatamente.

A veces no hay bufidos.

No hay arañazos.

Ni siquiera hay una pelea.

Solo hay un gato que empieza a comportarse un poquito diferente.

Y cuando convivimos con ellos, aprender a detectar esos pequeños cambios es probablemente una de las mejores formas que tenemos de escuchar lo que llevan tiempo intentando contarnos.

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